Burgos

El Campo de Concentración de Miranda del Ebro (Burgos) – 2016-VI-13

Llevo tiempo sin contaros mis peripecias más allá de las fronteras en las que me hallo encerrado.  He regresado hace poco de un viaje por tierras burgalesas… por la estepa castellana que reza el poema de Machado […] Por la terrible estepa castellana, / al destierro, con doce de los suyos, / polvo, sudor y hierro / el Cid cabalga […]

De todas las cosas vistas… que no han sido pocas como os podéis imaginar, hoy os voy a contar sobre el Campo de Concentración franquista de Miranda del Ebro. Sobre todo, queridos lectores, permitidme la licencia de escribir pensando esta vez en mi familia, desconocedora de la historia que al final voy a relatar.

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El Campo de Concentración de Miranda del Ebro, situado al noreste de Burgos, fue creado en 1937, en plena guerra civil. En poco tiempo las tropas franquistas hicieron en el frente del Norte muchos los presos republicanos, por lo que en julio de aquel año se crearon cuarto campos para recluir a estos… siendo el de Miranda uno de los principales: situación cercana al frente y buenas vías de comunicación por tren y carretera, eran sus ventajas.

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Antiguo paso a nivel

Se obligó a los mirandeses su construcción forzosa, utilizando los restos del antiguo Circo Corzana. Miranda había sido un pueblo leal a la República, no como el resto de la provincia (recordad amigos que en Burgos se estableció el Cuartel General del bando rebelde), por lo que el sometimiento de esta localidad fue más virulenta que en otras ciudades. En dos meses los 42.000 m² del campo de concentración estaban en activo albergando presos del ejército republicano.

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Senda por la que pueden ver los pocos restos. Al fondo: en primer plano cimentación de una garita, al fondo caseta de guardia y lavadero

Las condiciones… imaginaros lectores míos… pésimas y lamentables. El campo, situado a las afueras y limitado por la vía del tren Castejón-Bilbao y el río Bayas, se hizo para 1500 prisioneros… superando ese aforo al poco de su construcción. Son numerosas las crueldades que los supervivientes contaron después.

A partir de 1941 ya eran pocos los españoles que se encontraban en este campo, ya que el gobierno franquista decidió dejar este campo de concentración para los extranjeros que lucharon a favor de la República: los brigadistas.

En 1940 Himmler (“simpático señor” nazi, comandante jefe de las SS, y responsable de ordenar la sistemática matanza de millones de judíos, polacos, gitanos, enfermos mentales, comunistas y un largo etcétera), amigo de Franco y sobre todo del cuñadísimo Serrano Suñer se interesó y visitó el campo; y desde 1941 a 1943 el campo fue dirigido por el nazi Paul Winzer (después Franco le vio las orejas al lobo y empezó a distanciarse de la coalición ítalo-alemana; y su cuñado destituido por germanófilo).

El campo de Miranda se clausuró en 1947, trasladando a los presos existentes a otras cárceles. Hasta esas fechas se refugiaron muchos nazis huyendo del hundimiento del III Reich, contando con 3700 presos de 58 nacionalidades. Fue el último Campo de Concentración existente en España. Hoy quedan pocos restos para visitar, todos ellos fuera del perímetro vallado de una fábrica que está asentada en lo que fuera el campo. No es fácil llegar a los restos amigos, os explico para los más curiosos, tomad nota: llegados a la avenida Ronda del Ferrocarril de Miranda debéis buscar en el parque contiguo una pista para monopatines, esa calle os conducirá a la puerta de la referida fábrica, recuperada en 1952 por sus antiguos propietarios. Allí veréis un antiguo e inutilizado paso a nivel, y antes de llegar al nuevo (no hay que cruzar la vía), bordeando la fábrica a mano derecha encontrareis la senda que deja ver los pocos y señalados restos que han perdurado, siendo el colofón un escondido y casi oculto monumento.

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Restos de la caseta de guardia

NOTAS FAMILIATES

Y ahora os voy a contar mi interés personal por viajar y conocer este campo de concentración. Se sabe poco de las aventuras o desventuras sufridas por mi abuelo paterno Luis a  lo largo de la guerra civil. Tan solo dos anécdotas recogidas por mi padre sine loco et anno (que dirían los romanos); son las únicas a las que yo he podido acceder por boca de mi padre cuando era pequeño, y permitidme que me las guarde para futuros escritos.

Mi abuelo Luis nació en  enero de 1914 (Villarrobledo), por lo que era de la quinta de 1935. Realizó el servicio militar en Tarragona. Y en el momento que estalló la guerra él fue de los primeros en ser movilizados por la República.

Se sabe o creemos saber que estuvo en Guernica. Por lo que a mí me lleva a pensar que estuvo en la Campaña del Norte (País Vasco, Asturias, Cantabria…), que abarcó desde marzo a octubre de 1937, momento en el que el bando rebelde se hizo con el control de todo ese territorio. Tuvo que ser en aquellas fechas y por aquellos frentes cuando mi abuelo fue hecho prisionero y enviado al cercano Campo de Concentración de Miranda de Ebro.

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Lavadero para los presos

Posiblemente nadie de mi familia conozca estos hechos, él que lucho en el cuerpo de artillería apenas contó los horrores que supone una guerra civil para la población. Fue su hermano Juan, quien hace más de 10 años me puso en sobre aviso,  que junto a los testimonios de mi tía Rosario y otra familia he podido recomponer brevemente esta historia.

Mi abuelo Luis era jornalero en mi Villarrobledo natal (bracero en otras latitudes), un hombre campechano y afable con todo el mundo, a la par que “rudo” y fuerte en lo que al trabajo se refería (tanto que aún hoy perdura su fama de trabajador en Villarrobledo). Como tantos y tantos campesinos, no tenía afiliación política, ni entendía de aquello…  por lo que al explotar la guerra y estar en Tarragona haciendo la mili se vio inmerso en un bando, en este caso el republicano hasta que fue hecho prisionero.

No se sabe el tiempo que permanecería preso en Miranda del Ebro. Allí coincidió con varios paisanos de Villarrobledo, entre ellos Francisco Ramírez. La familia de este es la que me terminó de confirmar su presidio, pues muy abuelo se portó generosamente con su paisano; hecho que Francisco siempre contó a sus descendientes emocionado y agradecido, de la misma manera que hoy ellos lo cuentan.

Mi abuelo con una generosidad pasmosa cuidó a  Francisco Ramírez durante aquel invierno de 1937 en Miranda (fue el invierno más crudo del siglo llegando a -20º). Le dio su tabardo (abrigo recio) para que no pasase frio aunque él si lo sufriera; y durante muchas jornadas le daba o conseguía comida para ambos. Este les decía a su familia: “Si no hubiera sido por Luis Madero…”

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Depósito de agua para el Campo de Concentración

Su padre, Juan Antonio Ramírez, como padre hizo lo imposible para sacar a su hijo con vida del Campo. Consiguió y mandó muchos avales al cura de la prisión… de los que este hizo caso omiso, hasta que se presentó personalmente en Burgos y Miranda y se trajo a su hijo y a otro paisano a Villarrobledo. Su padre no lo reconoció al verlo. Contaba la familia que estuvo tres días sin parar de comer a su regreso.

Mi abuelo Luis no tuvo tanta suerte. En aquel campo de concentración se clasificaban a los presos por sus “delitos”: criminales comunes; no hostiles al “Novimiento Nacional” que luchaban en el bando republicano por hallarse en él cuando explotó la guerra; desafectos sin responsabilidades (voluntarios republicanos) y desafectos con responsabilidades (voluntarios con mando).

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Semi oculto, el pequeño homenaje a los presos (1996)

A los desafectos se les obligaba a trabajos forzosos, y a los no hostiles (y algunos desafectos sin responsabilidades) se les reintegraba en el bando sublevado como soldados. Y esa fue la suerte que mi abuelo corrió, tan ajeno del conflicto ideológico como al principio, pues muchos años después  (ya en democracia) le contaba dubitativo a su nuera: “yo, chica, creo que luché en los dos bandos, primero con unos y luego con otros”.

Tras su liberación de Miranda fue llevado a Burgos, capital de la zona rebelde, para luego ser “reintegrado” en el bando franquista. De su paso por Burgos sabemos que recaló en el antiguo cuartel de caballería, hoy desaparecido, situado al otro lado del río Arlanzón justo donde hoy se encuentra la vasta extensión del museo de la Evolución Humana (Artapuerca). Allí, contaba mi abuelo, que cuando llegó… con tanta hambre, que fue buscando trozos de pan y medios chuscos, de tal manera que llenó un caldero y mojados con leche que consiguió se lo bebió él solo practicante de un trago.

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Museo de la Evolución Humana, antio cuartel de caballería. os recomiendo una cerveza con vistas al río y la magnífica catedral burgalesa

Poco más he podido recabar del periplo de mi abuelo Luis. Con la satisfacción de saber que fue un hombre generoso.

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Calendura y Calendureta, dos curiosos amigos de Elche. Alicante – 2014-III-19

Hace 28 años que vi por primera vez un autómata, o al menos que yo tenga consciencia de ello. Tenía 6 años y mirad por donde el miércoles pasado tuve la misma sensación que en mi niñez.

De aquellas, en la Catedral de Burgos, con la cuello contorsionado esperaba ansioso que llegara la hora en punto para ver en aquel reloj como el famoso Papamoscas abría la boca tantas veces como campanadas diera, estirando a su vez del badajo de la campana. La figura databa del siglo XVIII,  sustituyendo a la que dos centurias anteriores había trabajado en su puesto, pero claro… que me hablaran a mí de historias y siglos con aquella edad.

Pues bien amigos lectores de este “interesantísimo” blog, el miércoles vi y esperé con la misma “ansia viva” los toques del reloj situado en la Torre Vetlla de Elche, a escasos metros del Ayuntamiento. Como hicieran Papamoscas y Martinillo en la capital castellana, Miquel Calendura y Vicentet Calendureta lo hacían el pasado día en el levante.

Torre de la Vetlla i rellotge de Calendura

Torre de la Vetlla i rellotge de Calendura

Éstos fueron bautizados así en 1759; y anuncian, como no puede ser de otra manera, horas y cuartos respectivamente.

Los autómatas en general eran algo muy apreciado, y por ende los relojes en particular. Como si fuera por arte de magia… le dabas cuerda algo que cobraba vida y se movía por sí solo. Los relojeros eran los conocedores de diminutos mecanismos con cuerdas y engranajes, y por tanto fueron ellos los  virtuosos de este arte del que  Carlos V por ejemplo era un enamorado: aficionado y coleccionista (todo un Emperador, dueño del mayor Imperio, rendido ante unos juguetes). Su Relojero Real fue Juanelo Turriano (1500-1585), quien le hizo autómatas tan famosos como el Hombre de palo destinado a su hijo Felipe II (mi gran Felipe).

Carlos V en Yuste, rodeado de jerónimos, observan dos autómatas. Miguel Jadraque (1840-1919)

Carlos V en Yuste, rodeado de jerónimos, observa dos autómatas de Turriano. Pintura de Miguel Jadraque (1840-1919)

Todo esto nos lleva a pensar que este tipo de relojes y figuras autómatas, ya sean de manera individual o conjunta, tuvieron su auge en el siglo XVI, de ahí la primitiva figura en Burgos, o nuestros Calendura y Calendureta que tocan las campanas que fundió Joaquín Balle en el año 1572 para Elche.

Fue el año anterior, el 25 de noviembre de 1571, cuando el Concejo planteó la necesidad de poner una campana en una de las torres de la ciudad que se viera desde la Plaza Vieja. Al mes siguiente se le adjudicó la construcción del reloj a Alfonso Gaytán. Y allí esta… sobre la Torre del Consell, en la Plaza de Baix.

La Torre del Consell (Ayuntamiento). Al fondo el reloj de Calendura

La Torre del Consell (Ayuntamiento). Al fondo el reloj de Calendura

Esta torre es la construcción municipal más antigua del sur de la Comunidad Valenciana. Se comenzó a edificar en 1441. De planta casi cuadrada, tenía dos cuerpos y estaba integrada en la muralla medieval, de tal modo que su parte inferior (la puerta de Guardamar) servía de paso entre las dos plazas. Luego pasó a ser palacio y hoy Ayuntamiento. Por eso uno de los toques tradicionales de estas campanas, aparte del de las horas, era el de “la señal del ladrón”, es decir, el toque del cierre de las murallas de la ciudad cada noche.

Detalle del Ayuntamiento ilicitano

Detalle del Ayuntamiento ilicitano

En 1759, aprovechando unas reparaciones, se añadieron las dos figures autómatas que simulasen tocar las campanas. Eran de madera policromada. Me gustaría ver la cara de asombro e ilusión de aquellos ilicitanos del siglo XVIII… tuvo que ser todo un acontecimiento local lo que hoy pasa casi inadvertido.

Se “bautizaron” el día de San Miguel (29 de septiembre), de ahí su nombre del mayor; el apellido se cree que procede de calenda, locución latina que habla del tiempo inmemorial.

Las figurillas han sufrido muchos avatares a lo largo de los años: que si te pongo aquí, que si ahora te quito, que si te recoloco, que  espera que no suenan, que ahora voy a cambiar de sitio la esfera del reloj , mejor el templete nuevo… Una que destaco por curiosa es la que ocurrió en 1870 (Centenario de la Venida de la Virgen) cuando a Miguel se le pintó una casaca roja, unos pantalones amarillos, unas botas negras y un morrión negro, al día siguiente se le añadió un plumero de seda blanca.

Vicentet dando los cuartos

Vicentet dando los cuartos

Años después dejaron de tocar las campanas debido a un arreglo, y escribió el cronista decimonónico: “Después de haber servido el reloj antiguo 306 años se le había concedido el retiro hasta nueva orden y a Miguel Calendura y a Vicente sin padre, los habían dejado cesantes y sin paga después de 119 años de servicios”.

Después de toda su historia sólo me queda decir, que si no atractivos al menos son curiosos. Pasan casi inadvertidos a pesar de ser un icono de la ciudad; están medio escondidos en la esquina de la plaza,  cubiertos por sus respectivos templetes. Yo esperé más de 10 minutos para las once de la mañana y así verlos en movimiento; y sí, allí estaba Miguel Calendura con su gran mazo dándome las horas.

Miguel Calendura

Miguel Calendura (1759)

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