2004 – Viajes del año

Douz, puerta del Sáhara – Túnez. 2004-V-12

Hoy he visto Lawrence de Arabia (1962) del director británico David Lean. Ya sé lo que me vais a decir, no hace falta que me gritéis, pero la verdad… nunca reunía el binomio tiempo-ganas para verla. ¡Perdónenme los cinéfilos!

La película, para aquellos que no la hayan visto, versa sobre un soldado británico en 1917, enviado por la Corona para apoyar a los árabes en plena Guerra Mundial contra Turquía, la primera que no la segunda. Recordemos que los turcos apoyaron a los Imperios Centrales (Alemania y Austria-Hungría), a la postre perdedores de la que fuera llamada: La Gran Guerra. Lawrence se integrará y amará al pueblo árabe, en defensa de su propia independencia.

Durante esos 222 minutos que dura la película (parece menos tiempo dicho así, porque… ¡son tres horas y media de película!), aparece una infinidad de secuencias en el desierto. Ya se sabe que la fotografía cinematográfica tanto del desierto como del mar es muy agradecida… esa inmensidad inconmensurable metida en una pantalla. La soledad de las palmeras, la suavidad de las dunas, los despejados horizontes; el sol y el infinito unidos…

La película me ha devuelto a la memoria la primera vez que subí a un dromedario en pleno desierto africano. Fue en 2004, los días 12 y 13 de mayo, cuando visité Túnez durante una semana. Desde la capital de aquel país viajamos hacia el sur, descendimos los 475 kilómetros que la separan de Douz, la puerta del desierto.

¡El Sáhara!

¡El Sáhara!

La ciudad es el último oasis, con sus 50.000 palmeras, antes de adentrarte en el desierto del Sáhara. Desde allí partían en la antiguedad las caravanas comerciales trans-saharianas que debían llegar a África subsahariana. Hoy es un punto turístico para ver el desierto, además de acoger el Festival Internacional del Sáhara, llamado así a partir de 1967 cuando Túnez consiguió su independencia y se proclamó como República (en origen Festival del camello, allá por 1910, cuando Túnez estaba bajo dominio francés).

El viaje hasta Douz ofrece paisajes espectaculares. Poco a poco notas cómo la soledad del desierto invade el paisaje… cómo todo va desapareciendo al tiempo que se avanza por la única carretera (de las que “en occidente” llamaríamos de tercera regional).

Mi amiga Vic, grata compañera de viaje

Mi amiga Vic, grata compañera de viaje

La sencilla carretera comunica la grandeza del desierto con la “civilización”. Bajar hasta allí y visitar aquellos pueblos y aldeas que nos encontrábamos, me ofreció por primera vez en mi vida una visión panorámica histórica-social. Me explico: fue retroceder en el tiempo, viajar con el pensamiento a la historia de una España si no medieval sí decimonónica: rural, pobre y atrasada. Poblaciones con sus calles de tierra, sin alcantarillado, sin apenas electricidad… “arreglando” un cordero y dejando el matarife allí mismo los desperdicios, en medio de la calle, junto a la gente que había acudido como acto social… me faltó oir aquellos de ¡agua va! Pude ver perfectamente cualquier pueblo rural de España cien años atrás, al estilo de las Hurdes cuando Buñuel hizo su crítica de Tierra sin pan: población marginada, atrasada, sumida en la pobreza, en las desigualdades, en el costumbrismo y la superstición… sin apenas adelantos tecnológicos, comodidades o ayudas sociales. Digno de ver ese salto en el tiempo para reflexionar que no necesitamos tantas cosas para vivir y ser felices.

Douz es distinto a esos otros pueblos. A pesar de no tener muchas cosas para visitar, está preparada para absorber a los turistas y para que éstos se dejen allí pequeñas propinas haciendo “turistadas”. Como buenos turistas que éramos: Mª Luz, Mª Elena, Vic y un servidor, nos montamos en dromedarios para adentrarnos en el desierto en una caravana organizada, todo ello ataviados con chilabas que allí mismo te “obligaban” a poner (¡¡no apto para escrupulosos…!! a saber la primera, única y última vez que se lavarían aquella prendas).

Un jóven yo de nómada

Un joven yo de nómada

Fue la primera vez que vi el Sáhara. Grandes dunas. Arena blanca. Sol radiante. A los pocos minutos de estar allí tomas consciencia de que eres un pequeño e insignificante punto en medio del mundo… a merced y capricho de los elementos.

Douz es la antesala al desierto, el nexo de unión entre nómadas y habitantes del desierto. Un regalo para los sentidos.

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